—¿Diga?
Escucho una voz de hombre, preguntando por mí, con nombre y apellidos. A estas horas, y con tanta formalidad, sólo puede ser una llamada del hospital; ha pasado al final. Reúno valor y contesto:
—Sí, soy yo.
—Mire, le llamamos del hospital...
Escucho. Asiento. No me muestro sorprendido ni apenado; madre llevaba casi 19 años en estado vegetal, deteriorándose poquito a poco. Era algo que tenía que suceder.

Espero a que la voz se calle, y cuelgo el teléfono. Recojo apenas un par de cosas... papeles, sobre todo; ah, y la foto de bodas de padre y madre, para ponerla en el velatorio; y que no se me olvide la agenda de madre, para llamar a todos y darles la noticia... y me dirijo al hospital. La voz me ha dicho que ya han hablado con mi hermana, así que supongo que me la encontraré allí.

En el hospital me dirijo al mostrador. El recepcionista nocturno me mira con cara de pena; son muchos años ya, y prácticamente todo el personal nos conoce (a mí y a mi hermana) en el hospital. Le pregunto por mi madre, me da el pésame con cara de circunstancias, y me indica que pronto llegará la doctora con el parte de defunción. Por el rabillo del ojo veo a un tipo trajeado que no se está perdiendo ni una sola de nuestras palabras; debe de ser uno de esos agentes que se encargan de mediar entre el cliente y la compañía de seguros.

Me siento en la sala de espera y el tipo se me acerca. Efectivamente, es exactamente el tipo de buitre que yo me esperaba. Mientras habla conmigo llegan mi hermana y mi cuñado, y al poco rato, la doctora con el papelito amarillo que certifica que madre ha muerto.

—José Antonio... Asunción... lo primero de todo es mostraros mis más sinceras condolencias; aunque ya sabíais desde hace mucho tiempo que esto podría pasar —la doctora, que llevaba el caso de mi madre desde hace 7 años, nos lleva aparte, mientras el tipo del seguro se retira discretamente con Tomás, mi cuñado—. No ha sufrido; ha sido una parada cardiorrespiratoria, y hemos sido incapaces de reanimarla. Lo siento.

Mi hermana y yo realizamos todas las formalidades. Indicamos al tipo el tanatorio que queremos; le decimos que queremos enterrarla en la plaza comprada junto a la tumba de padre, en el pueblo; le indicamos que la corona de flores ha de ser sencilla y preferentemente de color rosa; le dictamos el texto de la esquela. Le mostramos los papeles del seguro. Le pedimos un entierro con una misa larga y con todo tipo de detalles religiosos. Después de mucho parloteo (¡casi una hora!) el tipo se larga, no sin antes indicarnos que no podrán enterrarla hasta dentro de dos días; hay que dejar el cadáver por lo menos 24 horas en Madrid, y desde luego, de madrugada no entierran a nadie.

Me apoyo contra el respaldo, cansado. Mi hermana Asun me mira, me pone levemente la mano en la rodilla, y dice en voz baja y suave:
—Ya está... ya está. 19 años ha tardado en morirse. Hay que joderse.
Asiento, cansado, y me froto los ojos mientras reúno fuerzas; es hora de ir al tanatorio.

En el tanatorio, y mientras preparan el cadáver, pongo en la mesa la foto de bodas de padre y madre. Es una foto horrible; padre mira asustado a la cámara, mientras madre tiene una expresión fría, con los labios apretados en una mueca torcida de disgusto. Nunca he visto a madre sonreír.

Madre se casó ya embarazada de Asun y de mí. Siempre decía que se lamentaba enormemente por haberse dejado embaucar por padre, que realmente no sabía muy bien qué vio en él; pero yo supongo que simplemente vio a su opuesto. Madre era bonita, muy menuda y muy pálida y rubia; padre era grande, orondo y moreno de piel y pelo. El caso es que cuando quedó encinta, el abuelo José Antonio (al que debo mi nombre) y la abuela Asunción (a la que mi hermana debe el suyo) fueron a casa de padre con las escopetas de caza del abuelo, y le dijeron que si no se casaba con madre le dejarían con más agujeros que un cedazo. Padre cedió, por supuesto; pero ninguno de los dos tenía ganas de compartir una vida en común. Y menos aún de hacerse cargo de dos niños que ambos consideraban indeseados e incordiosos.

Madre siempre tuvo un carácter extremadamente difícil, y se le agrió aún más tras el parto. Asun y yo nacimos como padre: grandes, morenos y orondos, y le provocamos enormes dificultades de salud a madre, a quien la comadrona le dijo que probablemente no podría volver a concebir. No es que a madre le importara (al parecer, tras la boda, decidió que jamás volvería a dejar a padre ponerle un solo dedo encima), pero fue una cosa más a añadir a lista de eventos a echarnos en cara a Asun y a mí. Y a padre también, al parecer; nunca estuvo satisfecha con nada de lo que hizo padre, y siempre, siempre, se encargaba de hacérselo saber.

Poco después de nacer mi hermana y yo, padre murió, y madre se quedó sola con nosotros. Sí, es cierto: nos dio comida y cobijo, y trabajó mucho para mantenernos. Pero ya se encargaba ella de hacernos sentir culpables por existir, y para más inri, por parecernos al hombre que no conocimos y que, según ella, le amargó la vida casi tanto como nuestro nacimiento, para ir a morirse poco después en circunstancias sospechosas, el muy cobarde, dejándola sola. Madre nunca aprobó nada de lo que hicimos Asun y yo; y cuando Asun se enamoró del que hoy es su marido, un albañil bueno y un poco bobo, y madre le prohibió volver a ver a ese malnacido que no te merece, ¿acaso quieres arruinar tu vida como yo hice?, Asun se largó de casa con él. Madre estuvo años sin dirigirles la palabra, y ni siquiera cedió un poquito cuando mi hermana trajo al mundo a mi sobrina, a la que llamó Julia, como madre.

Yo jamás fui tan valiente como Asun. Nunca me atreví a dejar a madre; y pagué de largo mi cobardía con la penitencia de los años que viví con ella, dejando a las mujeres que según madre no me merecían, sufriendo cada día el martilleo de sus reproches hacia mi trabajo de funcionario, y oyendo su voz diciéndome lo pesada que era la carga que yo suponía en su casa, ¡tan mayorcito y aún viviendo entre las faldas de mamá! Y sin embargo, cada vez que hacía amago de marcharme, sus lágrimas y sus recriminaciones: me abandonas como hizo tu padre, cabrón, cobarde. No hubiera servido de nada decirle que padre se suicidó porque no soportaba vivir con ella; ella ya lo sabía. Y viví con ella, soportando que no me dejara ni cambiar una bombilla porque yo era, según sus palabras, tan torpe como padre; y un día al volver del trabajo me la encontré en el suelo con la cabeza abierta, junto a una silla rota, sujetando aún entre los dedos la barra de las cortinas que estaba descolgando para lavarlas. Llevaba horas así, con una fuerte hemorragia provocada por el brutal golpe contra el suelo de piedra; y aunque no murió, se quedó vegetal.

Asun y yo no permitimos que nadie desconectara las máquinas, y pedíamos constantemente al cura que frecuentaba el hospital que viniera a rezar junto a ella. Mi hermana y yo sabíamos que madre jamás hubiera tolerado la intrusión en su intimidad de médicos y enfermeras desconocidos, y que no soportaba ninguna religión: esas son cosas de débiles mentales.

Pues todos estos años nos has tenido como tú has querido, madre. Pero tus últimos años de vida... los has vivido a nuestro modo. Y te irás a la tumba, y allí yacerás, en un suelo santificado por una creencia de débiles mentales, manipulada durante años por desconocidos, junto a los restos del hombre que nunca amaste, y con una corona de flores que odiabas y de un color que nunca soportaste. Tal vez suene ridículo para otros, pero Asun y yo sabemos que vas a revolverte en tu tumba por todo esto y por los 19 años que precedieron a este final. ¿Y sabes una cosa, madre? Nos alegramos mucho por ello.


Licencia de Creative Commons

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.